viernes, 15 de marzo de 2013

Descripción de un estado críptico

Un mareo que no califica de fiebre, pero que cuenta, acaso, con la suficiente personalidad para enamorar a tu rechazo, a tu miedo de muerte. Un limbo de numerosidad de ojos hostigándote, invitando a salir del sí mismo para ver el mundo suspendido en el aire, infiltrado en las capas intermedias del universo terreno.
Incertidumbre de fuego que se funde en las cenizas de la supuesta certeza, vacilación zig-zagueante del estado general de las cosas, imágenes en la nada que punzan en la sensibilidad con el filo de los dientes de un león supremo, feroz, absolutamente voraz.
Manos que se diluyen siguiendo las comisuras del rostro de un cerro inhóspito y sombrío. Manos que ya son dos, una, ninguna.
Sofocación progresiva y enrosque interestelar dispuesto en un escenario plantado especialmente para el desgarro del ánima, y la sensación del orto de haber visto hace ¿¡cuánto!? que aquel reloj de plastilina, al estirarse, inexorablemente iba a cortarse. Aquí es donde la noche cae a peso muerto sobre los anémicos hombros del devenir.


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